
Traslado privado
Aeropuerto de Palermo (PMO) · unos 40 min
Puerta a puerta con el equipaje gestionado: cuenta, en una ciudad donde los barrios antiguos son callejones y el aparcamiento casi no existe.

Cúpulas árabes sobre iglesias románicas, tres mercados que gritan y, ocho kilómetros más arriba, el ciclo de mosaicos más grande de Europa d
Cúpulas árabes sobre iglesias románicas, tres mercados que gritan y, ocho kilómetros más arriba, el ciclo de mosaicos más grande de Europa después de Santa Sofía. Ruidosa, sin domesticar, adictiva.
Palermo es un destino mediterráneo en Sicilia, Italia. Explora alojamientos seleccionados, tours y experiencias guiadas, alquileres de barco y traslados al aeropuerto, y reserva directamente con los anfitriones y conductores locales.
Falcone Borsellino está treinta y cinco kilómetros al oeste de la ciudad, en un tramo de costa espectacular encajado entre el mar y la montaña. Unos cuarenta minutos de carretera, o un tren hasta la estación central.

Aeropuerto de Palermo (PMO) · unos 40 min
Puerta a puerta con el equipaje gestionado: cuenta, en una ciudad donde los barrios antiguos son callejones y el aparcamiento casi no existe.

Estación del aeropuerto de Punta Raisi · unas 1 h
Una línea conecta la estación bajo la terminal con la central. Barata y fiable, pero le deja en la estación y no en la puerta, con los callejones aún por andar.

Llegadas del aeropuerto · de 50 min a 1 h
Los autobuses conectan llegadas con el centro. Es lo más barato; los servicios y horarios son de la compañía, no del aeropuerto.

Autopista A29 · 1 h a Cefalù, 2 h 30 a Catania
Necesario para Segesta, las Madonie y la costa oeste. Conducir dentro de Palermo exige sangre fría y el aparcamiento escasea: mejor dejarlo fuera del centro.
Palermo no tiene un casco antiguo sino cuatro, los barrios recortados por las dos calles que se cruzan en su centro. Lo que se ve aquí está estratificado más que ordenado: nueve siglos de dominaciones, tres mercados y una bahía de arena blanca a diez kilómetros.
Foto: BlueKeysBarrio de Albergheria · El más vivo de los tres mercados
Pez espada, alcachofas, limones y ricotta aún tibia, bajo toldos desvaídos, con los vendedores gritando los precios de un lado a otro. Por la mañana es cuando está más lleno.
Foto: BlueKeysA diez kilómetros al norte · Bahía de arena blanca
Una media luna de arena blanca entre dos promontorios, con el balneario modernista plantado en el agua baja. Es la playa de la ciudad, disfrutable de junio a octubre.
Foto: BlueKeysEntre la ciudad y Mondello · Promontorio calcáreo, 600 m
Una roca desnuda que se alza del mar junto a la ciudad. Goethe lo llamó el promontorio más hermoso del mundo; la carretera que sube da toda la bahía de una vez.
Foto: BlueKeysHacia el mar · El antiguo barrio árabe
Revoques ocre y rosa que se desconchan, balcones de hierro forjado y murales en los muros destripados que dejaron los bombardeos del 43. Es el barrio que más ha cambiado de los cuatro.
Foto: BlueKeysDonde se cruzan las dos calles principales · Siglos XVII y XVIII
Los españoles trazaron dos calles rectas a través de la ciudad medieval e hicieron del cruce un escenario. Alrededor, fuentes, estatuas y fachadas curvas que se abren a callejones que se oscurecen.
Foto: BlueKeysMercados y quioscos, en todas partes · Se come de pie
Pane e panelle, crocché, sfincione, arancine y, para los valientes, el pan con bazo. Palermo es la capital de esto en Italia, y ocurre en el mostrador, no en la mesa.
Primero la comida callejera, y en el mostrador: panelle, sfincione, arancine, pan con bazo. Luego la herencia árabe en el plato — pasta con le sarde con pasas y piñones — y cannoli, cassata y granizado, las tres invenciones sicilianas.
Monreale ocho kilómetros más arriba, por el ciclo de mosaicos medievales más grande de Europa después de Santa Sofía. Cefalù a una hora al este, con un tren que bordea el mar. Segesta y su templo dórico solitario a una hora al oeste, y los pueblos de las Madonie a dos horas hacia el interior.
Dentro de los cuatro barrios, entre las dos calles que se cruzan: todo lo que merece la pena está a veinte minutos a pie, y los callejones solo se entienden por dentro. Mondello es la alternativa si quiere la playa en la puerta y la ciudad a un brazo de distancia.
Cómo moverse
Coche privado · Precio fijo
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Coche privado · Precio fijo
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Guía de viaje
Palermo fue fundada por los fenicios hacia el siglo VIII a. C., pero la ciudad que se ve hoy la hicieron los árabes y los normandos. Bajo el emirato, en el siglo X, era una de las metrópolis del Mediterráneo — los cronistas de la época contaban centenares de mezquitas — y cuando los normandos la conquistaron en 1072 no borraron nada: tomaron artesanos árabes, mosaístas bizantinos y arquitectos latinos y los pusieron a trabajar juntos. De ahí salió algo que no existe en ningún otro sitio: iglesias románicas con cúpulas rojas de mezquita y mosaicos de oro bizantinos, e inscripciones en tres alfabetos sobre la misma piedra. La UNESCO reconoció ese itinerario árabe-normando en 2015.
Luego llegaron suevos, angevinos, aragoneses, españoles y borbones, y cada uno añadió una capa: los oratorios barrocos, los palacios del XVIII, los teatros del XIX. Palermo no tiene un casco antiguo — tiene cuatro, los mandamenti en que la dividieron las dos calles que se cruzan en los Quattro Canti.
El cruce de la via Maqueda con el Cassaro — hoy corso Vittorio Emanuele — es el centro geométrico: en los Quattro Canti cuatro esquinas barrocas se miran, y a pocos pasos la Fontana Pretoria llena una plaza entera de estatuas de mármol blanco que los palermitanos siguen llamando, con cariño, la fuente de la vergüenza.
El barrio de Albergheria alberga el Palazzo dei Normanni, la Capilla Palatina con sus mosaicos de oro y su techo de mocárabes, y el mercado de Ballarò — el más vivo y popular de los tres mercados históricos. La Kalsa, hacia el mar, es el barrio árabe por excelencia: allí están la Gancia, el Palazzo Abatellis con su Triunfo de la Muerte y las calles donde el arte urbano se ha adueñado de los muros que dejaron los bombardeos de 1943. El Capo y la Vucciria son los otros dos mercados; la Vucciria está casi apagada de día y de noche se convierte en el lugar donde se bebe al aire libre entre las ruinas.
Fuera del centro hay dos cosas que valen el viaje por sí solas: la catedral de Monreale, ocho kilómetros por encima de la ciudad, con seis mil metros cuadrados de mosaicos bizantinos — el ciclo musivo medieval más extenso de Europa después de Santa Sofía — y las catacumbas de los Capuchinos, donde ocho mil cuerpos momificados se mantienen en pie a lo largo de los pasillos, vestidos como en vida. No todo el mundo aguanta esa visita, y es justo saberlo antes.
Que no está domesticada. Palermo no tiene la pulcritud de Taormina ni la compostura de Noto: es ruidosa, desordenada, con palacios nobiliarios junto a casas destripadas, y quien la quiere la quiere justamente por eso. Es además la capital de la comida callejera italiana — pane e panelle, crocché, sfincione, arancine y el pan con bazo que se compra en los quioscos y se come de pie. La granita y los cannoli se hacen aquí como en ningún otro sitio.
Y luego está el mar, que los visitantes suelen olvidar. Mondello, diez kilómetros al norte, es una bahía de arena blanca entre dos promontorios, con casetas modernistas metidas en el agua y el Monte Pellegrino detrás — Goethe lo llamó el promontorio más hermoso del mundo. Una hora al este está Cefalù; una hora al oeste, Segesta y su templo dórico solo entre las colinas.
El aeropuerto Falcone Borsellino de Punta Raisi está treinta y cinco kilómetros al oeste de la ciudad, en una costa espectacular entre el mar y la montaña; en coche son unos cuarenta minutos, y un traslado privado es la forma más directa de llegar al centro con equipaje. Un tren conecta el aeropuerto con la estación central.
El centro se recorre a pie, y es la manera correcta: los mercados y los barrios solo se entienden por dentro. Conducir en la ciudad exige sangre fría y el aparcamiento escasea. El clima es plenamente mediterráneo: 11–16 °C en enero, 16–22 °C en primavera, 24–30 °C en julio y agosto, con el siroco que de vez en cuando trae el calor del desierto durante dos o tres días. El mar en Mondello se puede disfrutar de junio a octubre. Los restaurantes siguen horarios italianos; los quioscos de comida callejera, no — esos abren casi siempre.
Guía de viaje

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