Una ciudad que se cruza a pie y se alcanza en coche
Roma guarda casi tres mil años dentro de la Muralla Aureliana, y casi todo lo que una primera visita quiere ver cabe en un área que se cruza a pie en cosa de una hora. Es lo primero que conviene saber: el centro histórico premia al que camina y castiga al que conduce. Lo segundo es que sus dos aeropuertos no están en la ciudad, y que la distancia entre ellos y el hotel es donde se complica la mayoría de las llegadas.
Fiumicino (Leonardo da Vinci, FCO) está a unos 32 km al suroeste, en la costa. Ciampino (CIA) queda más cerca, a unos quince kilómetros al sureste, y concentra casi todos los vuelos de bajo coste. Civitavecchia, el puerto de cruceros, está a unos 80 km al noroeste: lo bastante lejos como para que, con un barco que para un día, el viaje decida toda la visita.
Cómo es el centro
El centro puede pensarse como tres núcleos que se tocan. Alrededor del Coliseo y los Foros está la ciudad antigua, al aire libre, mejor recorrerla temprano antes de que lleguen el sol y las colas. Al noroeste, el centro histórico propiamente dicho: Panteón, plaza Navona, Fontana di Trevi y Campo de' Fiori, una maraña de callejones donde ningún vehículo sirve de mucho. Al otro lado del Tíber está el Vaticano, con San Pedro y los Museos, y junto a él Trastevere, que conserva aire de pueblo y se llena al caer la noche.
Termini es la estación principal y el punto donde se cruzan las dos líneas de metro, lo que la convierte en el centro de gravedad práctico de las llegadas aunque nadie la visite por gusto. Tiburtina, más afuera, sirve muchos trenes de alta velocidad y la mayoría de los autobuses y suele salir más barata, pero está fuera de la muralla: conviene comprobarlo antes de reservar un tren que salga de allí de madrugada.
La ZTL, y por qué aquí el coche es un lastre
El centro histórico es zona de tráfico limitado, vigilada por cámaras, activa entre semana y las noches del fin de semana. Entrar sin permiso supone una multa que llega meses después, una por cada acceso cruzado. Los hoteles dentro de la zona pueden registrar una matrícula, pero solo el tiempo de descargar el equipaje y solo si se les da el número por adelantado. Aparcar dentro de la muralla es escaso y caro, y las calles son de adoquines, estrechas y de sentido único de un modo que ningún mapa se lee bien mientras se conduce.
La conclusión práctica es sencilla: el coche sirve para llegar, para irse y para el campo alrededor de Roma. No sirve en los cuatro o cinco días dentro de la ciudad, y cuesta todo el tiempo que está parado.
Cómo se entra desde los aeropuertos
Desde Fiumicino, el Leonardo Express llega a Termini en 32 minutos, cada 15 minutos, por 14 euros por persona. Es rápido y fiable, y tiene sentido si se viaja ligero y el hotel está cerca de Termini. Con equipaje, niños pequeños o una dirección en Trastevere o junto al Vaticano, el ahorro se va en el taxi que se toma al llegar.
El taxi tiene una tarifa fija desde y hacia los aeropuertos cuando el trayecto empieza o termina dentro de la Muralla Aureliana: 55 euros desde Fiumicino y 40 desde Ciampino, por vehículo y no por persona, equipaje incluido, sin suplementos nocturnos ni festivos. Vale la pena conocer la cifra: es la que dice si cualquier otra oferta es razonable. Un traslado privado reserva el mismo trayecto por adelantado a un precio conocido, con un conductor que espera dentro de llegadas y sigue el vuelo si aterriza tarde.
Por qué merece la pena salir de la ciudad
Tívoli, a unos treinta kilómetros al este, reúne dos sitios UNESCO a pocos kilómetros uno de otro: Villa Adriana, la enorme residencia de campo de un emperador, y Villa d'Este, cuyo jardín está construido enteramente alrededor del agua en movimiento. Ostia Antica, hacia el mar, es la ciudad portuaria romana, más tranquila y en algunos puntos mejor conservada que Pompeya. Los Castelli Romani, los pueblos de las colinas del sur, son adonde van a comer los propios romanos: Frascati por el vino blanco, Castel Gandolfo asomado a su lago volcánico, con el palacio pontificio y los jardines ya abiertos al público.
Los tres son incómodos en transporte público y sencillos por carretera. Es el honesto reparto de papeles en Roma: el centro se camina, el tren se toma cuando va adonde uno va, y el coche se guarda para el día en que se dejan atrás las murallas.